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Los Simpson y la política exterior de Hollywood
Edición 928, 06/Agosto/2007




María Cristina Rosas
mcrosas@tutopia.com

Los Simpson son los dibujos animados más exitosos en la historia de la televisión. Con 20 años al aire, la serie ha visto pasar a tres presidentes estadunidenses –contando a George W. Bush-, a cinco en México -incluyendo a Felipe Calderón-, a dos Papas –considerando a Benedicto XVI, y sobrevivieron al fin de la guerra fría y a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra EEUU. Cuando Los Simpson hicieron sus primeras y breves apariciones en la caja idiota en el show de Tracy Ulman en 1987, la Internet ni siquiera era imaginada como el vehículo de comunicación que hoy es. Contra todos los pronósticos respecto a su pérdida de chispa y originalidad, todavía en Estados Unidos la actual 18ª temporada es vista por la nada despreciable cantidad de nueve millones de telespectadores, mientras que en todo el mundo, se calcula que 60 millones de personas en 70 países han convertido a Los Simpson en la serie más popular, doblada a docenas de idiomas, incluyendo el español, el francés, el japonés, el alemán, el portugués, etcétera. Adicionalmente, con el estreno mundial de Los Simpson, la película, el creador de la serie, Matt Groening y el productor James L. Brooks, de la mano de la Twentieth Century Fox del multimillonario Rupert Murdoch, han dado un exitoso salto a la pantalla grande respaldados, claro está, por una memorable campaña publicitaria. Así, Los Simpson son el mejor ejemplo de lo que el poder blando puede hacer a favor de la proyección del american way of life en el mundo de la globalización, a la inversa del fracasado poder duro de la actual administración Bush, cada vez más impugnado dentro y fuera de la Unión Americana.

La popularidad de Los Simpson remite a la enorme importancia de los medios de comunicación en el mundo de la globalización. Claro está que a la fama que rodea a la familia amarilla de Springfield hay que verla desde la óptica del mensaje que divulga. Después de todo, como reza la publicidad de la Fox para la actual 18ª temporada en la televisión, Los Simpson son una religión, con millones de seguidores y fieles en todo el planeta.

Los Simpson¸ son una típica familia estadunidense de clase media. Los roles familiares están claramente definidos: Homero, el padre, provee el sustento; Marge, la madre, es una típica ama de casa que cuida de la familia; Bart y Lisa asisten a la escuela; y Maggie, la bebé, pasa casi todo el tiempo en los brazos de Marge. La familia Simpson vive en Springfield, una ciudad ubicada en cualquier lugar –hay numerosos Springfields en todo EEUU- que refleja el ideal de la democracia estadunidense, rindiendo un culto exasperante a lo local y aldeano. De hecho, a Los Simpson poco les importa lo que pasa en el mundo, y cuando han visitado otros países les ocurren cosas terribles, como cuando viajaron a Australia para que Bart se disculpara por haber timado a un infante y casi son linchados; o cuando van a Brasil y Homero es secuestrado; o cuando visitan Japón y se quedan sin dinero, debiendo participar en un humillante programa de concurso en la televisión para ganar los boletos de avión que les permitirían regresar a EEUU; o cuando Bart participa en un intercambio cultural que lo lleva a Francia, donde es explotado y humillado. El mensaje es claro: no hay mejor lugar para vivir que Springfield, porque el mundo exterior es hostil y peligroso –George W. Bush y los neoconservadores deberían sentirse muy complacidos con esta apreciación.

En este sentido, Los Simpson son la mejor expresión del conservadurismo estadunidense. No sería exagerado afirmar que la serie exalta el inmovilismo, el cual no tiene tanto que ver con que sus personajes nunca crecen –salvo excepciones, en estos 20 años Bart sigue siendo un diablillo con 10 primaveras- como con el hecho de que Los Simpson postulan el conformismo y la adaptación, apreciando las cosas como son, eso sí, con sarcasmo y humor negro, aunque no hay nada revolucionario en ello. De manera que si bien Los Simpson no son el opio de los pueblos sí forman parte de una ideología de dominación en la que lo más importante no es cambiar el mundo sino reírse de él (¿o con él?).

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