LA LUCHA CONTRA EL TERRORISMO
Por:
María Cristina Rosas ( mcrosas@tutopia.com
)
Edición
945, 30/Noviembre/2007
María Cristina Rosas
mcrosas@tutopia.com
Viena, Austria.- Críticas van y vienen respecto a la política exterior y de seguridad de Estados Unidos respecto a la lucha contra el terrorismo. Este tema, que adquirió una relevancia inusitada luego de los atentados perpetrados en las ciudades de Nueva York, Washington D. C. y Pensilvania el 11 de septiembre de 2001, ocupa el primer lugar en las prioridades estadunidenses y, por lo mismo, el mundo se ve obligado a atender esta agenda y a prodigarle una creciente atención, aun cuando ello signifique descuidar otros tópicos tanto o más relevantes, como por ejemplo, los que tienen que ver con la agenda para el desarrollo.
Sin embargo, el terrorismo no nació el 11 de septiembre de 2001 y a juzgar por los resultados de la política contra-terrorista de Estados Unidos a seis años de lo sucedido, pareciera que sería necesario explorar otras posibilidades, tomando en cuenta la manera en que otros países han lidiado con este flagelo. Al respecto, el continente europeo puede ser un referente, toda vez que ya desde los 70 creó agendas contra-terroristas para lidiar con el ejército republicano irlandés (ERI), la organización Basque Euskadi Ta Askatasuna (ETA), y los lamentables sucesos que se desarrollaron en los Juegos Olímpicos de Munich, entre otros. El nacimiento, por ejemplo, de la EUROPOL y su antecesora, TREVI, tuvo mucho que ver con los acontecimientos en las olimpíadas de Munich en 1972, y la ineficacia mostrada por la INTERPOL para apoyar la lucha contra el terrorismo en Europa. Asimismo, tradicionalmente Europa ha dado al terrorismo un tratamiento judicial, similar al que se da por ejemplo al crimen organizado, además de que ha fomentado la cooperación entre las policías, los servicios de inteligencia y otros cuerpos de seguridad.
En contraste, tras el 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos ha decidido emplear la fuerza mediante una estrategia belicista la cual ha potenciado una renovada carrera armamentista. Las incursiones bélicas en Afganistán en octubre de 2001 e inclusive en Irak, en marzo de 2003, se explican a partir de esta “nueva doctrina de seguridad” de la administración Bush. Internamente, la estrategia estadunidense opera en contra de los derechos humanos y las libertades civiles en el nombre de la seguridad.
Estados Unidos acusa a los europeos de no tomar las medidas adecuadas contra el terrorismo. Numerosas naciones europeas, en contraste, argumentan que el belicismo contra-terrorista de Washington produce malos resultados, toda vez que se debería recurrir más a los servicios de inteligencia que al empleo de la fuerza bruta contra las organizaciones terroristas.
De hecho, el terrorismo plantea un modelo de conflicto distinto del de las guerras tradicionales en donde dos ejércitos suelen enfrentarse conforme a ciertas reglas. El terrorista no hace una declaración formal de guerra y en cambio, emplea el factor sorpresa, el cual lo dota de una enorme ventaja frente a la entidad atacada. Además, las organizaciones terroristas se estructuran en redes, de manera horizontal, a diferencia de las agencias de seguridad de los Estados, las cuales operan de manera vertical y responden con lentitud. Por eso, aun cuando algunos de los líderes de las organizaciones terroristas sean capturados, esto no es fatal para dicha red, dado que los demás “nodos” que la integran pueden seguir operando. De ahí la importancia de los servicios de inteligencia, los cuales gozan de mayor flexibilidad para actuar ante el flagelo terrorista.
Por lo anterior, Estados Unidos y la Unión Europea pueden aprender de sus respectivas experiencias y complementar acciones en la lucha contra el terrorismo que pudieran ser menos belicistas y más respetuosas de los derechos humanos, recurriendo a servicios de inteligencia menos politizados y más discretos y efectivos. Si así lo hicieran, la humanidad se los agradecería.
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