Alberta y el nuevo separatismo canadiense
Por:
María Cristina Rosas ( mcrosas@tutopia.com
)
Edición
838, 10/Noviembre/2005
Por María Cristina Rosas
mcrosas@tutopia.com
Hace diez años, la provincia de Québec celebraba un histórico referéndum en el que debía decidirse si la provincia francófona buscaría una nueva asociación con Canadá, lo que en otras palabras habría sido el primer paso para una eventual secesión. El saldo del referéndum es harto conocido: el 50. 56 por ciento de los votantes quebequenses apoyaron el “no”, lo cual denota una profunda división entre los habitantes de la provincia.
El referéndum de 1995 vino a coronar una serie de debates que se iniciaron con la repatriación de la Constitución canadiense, a la que Québec no se adhirió. En aras de traer a Québec al redil, el gobierno federal gestionó en 1987 un acuerdo que le garantizaría a Québec el reconocimiento como sociedad distinta. Dicha propuesta, conocida como el Acuerdo del Lago Meech, debía ser aprobada por todas las provincias canadienses, cosa que no ocurrió. Entonces, el gobierno conservador de Brian Mulroney propuso un nuevo acuerdo en 1992, el de Charlottetown, mismo que retomaba el espíritu del acuerdo del Lago Meech, más una serie de adiciones en materia de derechos de los pueblos indígenas y en el terreno de la representación de las provincias y los territorios canadienses a nivel federal. Charlottetown corrió la misma suerte que el acuerdo del Lago Meech.
Evidentemente, todos estos debates provocaron una fatiga, de parte de los canadienses, en torno a los debates sobre la situación de Québec. Asimismo, uno de los efectos de la insistente petición québécoise de que la provincia sea reconocida como una sociedad distinta es que, al decir de algunas provincias del Canadá anglófono, ello convierte al resto de los habitantes del país en “ciudadanos de segunda”, dado que garantizarle atributos “especiales” a una de las provincias, va en contra del espíritu de la igualdad y la equidad que deben prevalecer en todo el país. De ahí que en los últimos años se haya acentuado el regionalismo en ciertas provincias anglófonas, por ejemplo, en Alberta.
Alberta cuenta con un territorio de casi 700 000 Km2, y tiene una población de apenas 3 millones 200 mil habitantes. Uno de los rasgos que distingue a Alberta del resto de las provincias canadienses es la existencia de importantes yacimientos de hidrocarburos, a tal punto que en la zona de Athabasca se estima que se encuentran las mayores reservas petroleras del mundo, por un monto de 1.6 billones de barriles. Cabe destacar que en el pasado, la extracción de petróleo en la zona era cara y poco costeable. Empero, con el alza espectacular que han vivido los precios de los hidrocarburos en los últimos años, la extracción petrolera en Alberta vive su mejor momento, al igual que el ingreso de divisas a la provincia.
Es justamente este boom petrolero el que está generando un fuerte conflicto de intereses entre Alberta y el resto de Canadá. El gobernador de la provincia de Alberta, Ralph Klein, ha anunciado partidas presupuestales extraordinarias a favor del bienestar social de los habitantes del área, cosa que provoca cierta envidia en el resto del país. Asimismo, el gobierno federal, necesitado de recursos para apoyar diversos programas, desearía apropiarse de una parte de los petrodólares de Alberta, inclusive para apoyar programas económicos y sociales en otras provincias.
Así, el soberanismo económico está progresando en Alberta y el argumento de que la provincia podría incluso buscar la independencia y asumir el costo económico de la misma está progresando fuertemente entre sus habitantes. Dicen que las comparaciones son odiosas y es verdad: los albertianos sostienen que, a diferencia de Québec, cuyo soberanismo se ve frenado por razones económicas (como dejar de recibir el enorme subsidio que le prodiga la federación o, bien, hacerse cargo de su propia deuda), Alberta puede ser viable como Estado libre y soberano. En este escenario cabe preguntar qué efecto tendrá este soberanismo económico en Québec y el resto de Canadá, pero es evidente que el regionalismo llegó para quedarse en el país de la hoja de arce. (M.C.R. Montreal, Canadá, noviembre de 2005)
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