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DEL PLAN PUEBLA-PANAMÁ AL CAFTA
Por: María Cristina Rosas ( mcrosas@tutopia.com )
Edición 841, 04/Diciembre/2005





María Cristina Rosas *
mcrosas@tutopia.com

Si bien con frecuencia se asume que el Plan Puebla-Panamá (PPP), iniciativa gestionada en el inicio del gobierno de Vicente Fox, es producto de las presiones estadunidenses para proyectar sus intereses en Mesoamérica, la reciente gestión del Acuerdo de Libre Comercio entre Centroamérica, la República Dominicana y Estados Unidos (CAFTA) da cuenta de que los estadunidenses no requieren del intermediarismo mexicano.

Una mirada somera al PPP y al CAFTA revela las enormes diferencias que hay entre ambas iniciativas. El PPP, que recoge numerosos proyectos mesoamericanos de larga data, tiene el propósito de estrechar los vínculos entre México y América Central, con miras a coordinar iniciativas en ocho grandes temas (desarrollo sustentable, desarrollo humano, prevención y mitigación de desastres naturales, turismo, facilitación del comercio y pequeñas y medianas empresas, integración vial, interconexión energética, y telecomunicaciones) a lo largo de 25 años, con recursos procedentes de los propios gobiernos, el sector privado y algunos bancos para el desarrollo como el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), teniendo como administrador al Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE). El presupuesto para los proyectos en las áreas descritas fue estimado originalmente en $ 4 300 millones de dólares, de los cuáles, el 84 por ciento iría a dar a proyectos de integración vial. No es necesario insistir que uno de los problemas centrales del PPP es la falta de recursos disponibles para dar vida a estas iniciativas.

Por cuanto hace al CAFTA, se trata de un acuerdo comercial a la usanza del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Su propósito fundamental es garantizar a Estados Unidos un acceso preferencial a los mercados centroamericanos, toda vez que éstos países, gracias a la Iniciativa para la Cuenca del Caribe (ICC) de los años 80, ya contaban con un acceso preferencial no recíproco, al mercado estadunidense. En este sentido, llama poderosamente la atención que el Presidente George W. Bush manifestara en 2001, a unos meses de que México haya dado a conocer el PPP, que el CAFTA era una negociación prioritaria para Estados Unidos. Todo parece indicar, que existía en Washington la preocupación respecto a la posibilidad de que México tuviera una mayor influencia económica y política en América Central, gracias a proyectos como el citado PPP. El comercio entre EEUU y los miembros del CAFTA es del orden de los 32 mil millones de dólares anuales.

Así, el CAFTA se propone desmantelar en 10 años las barreras a las que sobre todo se enfrenta EEUU en los mercados centroamericanos. El CAFTA en sí, que entrará en vigor el próximo 1º de enero de 2006, contiene prácticamente los mismos apartados que el TLCAN, con dos añadiduras: una disposición en materia de “transparencia” (y lucha contra la corrupción), y otra más respecto a ciertas pruebas de “exclusividad” a favor de los productos farmacéuticos de empresas transnacionales.

Es razonable suponer que el PPP y el CAFTA, si bien podrían llegar a complementarse, al menos por ahora son iniciativas divergentes. El PPP apenas ha logrado concretar uno de un centenar de proyectos comprendidos en las ocho esferas ya referidas. En contraste, una vez en vigor, el CAFTA procederá con notable celeridad y presumiblemente, cumplirá sus objetivos dentro de 10 años, si no es que antes. México, promotor del PPP, dio a esta iniciativa una gran importancia en el inicio de la administración Fox. Sin embargo, al paso del tiempo, el apoyo cayó hasta convertir al PPP en un proyecto trunco. Asimismo, México carece de los recursos necesarios para hacer la diferencia en América Central, en contraste con EEUU que posee la influencia suficiente, no sólo para decidir los destinos de las naciones centroamericanas, sino, inclusive del propio México. Así, con el advenimiento del proceso electoral del próximo año, valdría la pena que México reflexionara en torno a sus relaciones internacionales y, en particular, respecto a sus vecinos inmediatos, algunos de los cuáles, como América Central, suelen ser marginados de las prioridades de política exterior.

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