Años atrás contratamos un viaje de pesca: Un bote de 19 pies, una tela por techo, y un “capitán” que llevara un cuaderno en lugar del “sonar”. La remojada del cordel fue a unas 8 brazas, el resultado aceptable y el retorno antes de lo previsto por nuestro atento marinero, a grado tal que mientras atracamos me estiró un billete de 200 pesos, porque “no cumplimos el tiempo contratado”.
Era un día de sorpresas. A una cuadra de la ría había un “Six” y nos detuvimos por una bolsa de hielo, de la que sólo ocupamos la mitad y devolvimos el resto para no tirarlo. “No se vaya”, me frenó el vendedor, y pretendió devolverme la mitad de lo pagado. Así es San Felipe, así es su gente, pero no debe confundirse esa amabilidad con la debilidad de carácter.
San Felipe, a dos horas y media de Mérida, ocupa una superficie de 58 hectáreas y su población apenas rebasa los dos mil habitantes. Durante décadas los pobladores capturaban langostas sin conocer su demanda en el mercado, al grado que se servía de botana en las cantinas y se cocinaba como chilmole o cualquier otro guiso. Entonces los barcos eran de madera y los hombres de mar, de hierro.
Quizá por los años 60 ó 70 llegó a vivir en aquel paraíso un japonés, quien de inmediato estimó la riqueza del crustáceo que caminaba por todos lados y le enseñó la captura y su valor a los felipenses que hasta hoy recorren las cuevas submarinas bichero en mano. El aprendizaje fue rápido y la integración de una cooperativa también, sólo que el japonés fue excluido por una cláusula muy clara: sólo los pescadores locales pueden capturar langostas en aguas del puerto. Así es la vida.
Alguna vez fui invitado a la captura de langostas. Mis amigos felipenses me llevaron a un lugar no muy lejano y anclaron sobre una cueva como de 2 ó 3 metros de profundidad. “En una mano lleva el bichero y en la otra esta cuerda, cuando tengas la langosta nos avisas y la subimos”. Aún no me asomaba a la cueva cuando una boca gigante, monstruosa, con los dientes más grandes que haya visto en mi vida, me dio la bienvenida. No sé cómo regresé al barco, en un suspiro yo estaba sentado con los ojos desorbitados. “Era una morena”, me advirtieron, como si eso me fuera devolver el alma. Jamás volví a intentarlo.
Hasta el día de hoy los lugareños son duros y estrictos en el cuidado de todo lo que consideran de su propiedad. Ahí las vedas se respetan, a las buenas o a las malas, o que les pregunten a los dzilameños que hace poco tiempo se aventuraron a capturar pepino de mar en aquellas aguas. Ellos regresaron a casa, sus barcos no, ardieron en llamas como las naves de Hernán Cortés durante La Conquista.
Por breve que sea la reseña no puede omitirse la gastronomía. Quien visita ese puerto y no come con “Vaselina”, no sabe lo que es bueno: rico, variado y barato, incluido un platillo con 12 guisos, obviamente para compartir. Hoy no es sólo aquel restaurante, hay varios otros, aunque pequeños, que ofrecen pescado y mariscos.
Hace algunas décadas un corresponsal del Diario de Yucatán quiso volverse chef: El payaso, apodo que dio nombre a su restaurante: Vano fue su intento. Por aquellos tiempos una pequeña recorría el puerto en bicicleta repartiendo el periódico, se llamaba María, María Díaz Mena, quien entonces escuchaba las clases de guitarra que su padre les impartía a sus hermanos, y aprendió ella sola. Hoy es María San Felipe: actriz, cantante y compositora.
Hace dos años María San Felipe lanzó al mercado “Hasta que se haga costumbre”, un sencillo que diversas plataformas como Spotify, Amazon Music, y Apple Music, entre otras, acogieron de inmediato. Era el “Día internacional de la mujer” y la felipense se hizo escuchar en todos los rincones del mundo donde las mujeres aún no encuentran eco a su lucha de libertad e igualdad … “por las que duermen en la misma cama que sus asesinos”, repite con voz femenina universal. Y vaya que María tiene voz.


